Chichicastenango.

Escrito por Skapamerika. Publicado en Guatemala

29 julio de 2013.
 
Llegamos a Chichicastenango por la tarde del sábado. 
Chichi, como la llaman para acortar (...), es una pequeña población indígena situada en medio de altos cerros y verdes montañas, y es uno de los lugares más turísticos de Guatemala gracias a su mercado del domingo.
Como es tan turística pensamos que habría alojamientos baratos para dar y regalar, pero todo lo contrario. Baratos, lo que se dice baratos, sólo hay dos.
El primero al que llegamos fue al menos barato de los dos. No estaba mal, aunque los colchones de las camas matrimoniales eran durísimos, y las habitaciones, aunque tenían buen tamaño, estaban un poco sucias.
Ya prácticamente íbamos a quedarnos, los chicos se habían acomodado en una habitación, pero como Cesar y yo tardamos un poco en decidirnos, el dueño se impacientó y se puso borde “- o eligen ya o se van porque van a llegar los turistas” (no había ni Perry, el hostal estaba vacío y no había ningún turista a la vista), y como a borde no me gana nadie, le respondí “-¿Ah pues sabe qué? que nos vamos” Los chicos recogieron y nos marchamos a buscar otro sitio. 
Entonces encontramos el alojamiento más barato, que parecía un edificio diseñado por Dalí. Tenía escaleras que no daban a ninguna parte, arcos y columnas de colores, enredaderas, árboles y macetas con flores. Habitaciones minúsculas con puertas para niños y habitaciones inmensas con baño, dos o tres terrazas decoradas con motivos alucinógenos, y un dueño que no hablaba castellano.
El sitio era muy cutre pero molaba mucho y era barato, así que nos quedamos.
 
Cuando salimos a ver el pueblo nos dimos cuenta de que el pueblo ERA el mercado.
A través de las barras metálicas de los puestos y de los plásticos que protegen de la lluvia a los vendedores, pudimos intuir lo que fue Chichicastenango cuando todavía era un pueblo.
Hermosas calles adoquinadas, algunas plazas con fuentes y jardines, soportales de madera, paredes pintadas con la historia del origen de los mayas o con la historia de la guerra civil… A ambos lados de la plaza principal hay dos templos, una gran iglesia y justo enfrente una pequeña y oscura ermita.
Pero ahora Chichi está lleno de puestos de artesanía y de comida. Ya está. Artesanía y comida para turistas y miles de niños vendedores que se las saben todas. Te preguntan tu nombre, te dicen que es muy bonito, luego te preguntan tu país, y luego te dicen que les compres algo, lo que sea. Una figurita, un marcapáginas, un pañuelo… o si no, que les compres algo para comer, una fruta, un helado, un taco… 
Y sí, esto es lo que consigue el turismo masificado, joder los lugares y corromper a la gente.
 
Dadas las circunstancias y con la imagen regulera que nos habíamos llevado el día anterior, el domingo salimos sin muchas expectativas.
Pero mágicamente el día se arregló. Os contaré cómo.
Aún con la cantidad de turistas que había, visitantes de un rato que llegan, toman fotos, compran recuerdos y se van (¡por eso no había alojamientos!). A pesar de los plásticos, los barrotes de metal, las artesanías clonadas, los niños vendedores que se habían multiplicado… Chichicastenango estaba ahí. Era difícil de ver pero lo vimos.
Lo vimos en los señores que bailaban un botafumeiro en la puerta de la iglesia desde la noche anterior. Llenando de humo el templo hasta tal punto de no poder casi respirar en su interior. Lo vimos en las conversaciones con las señoras de los comedores, escondidos en el corazón de la plaza. 
También lo distinguimos en los paseos familiares por el cementerio, en la intimidad de los rituales mágico-religiosos de sus pequeños altares de piedra, de gallinas decapitadas y humo de puro.
Estaba en la oscuridad de la ermita, en los susurros frente al altar, en los latigazos de un pecador.
En las escalinatas floreadas de vendedoras, en los matrimonios con hijos que pasan el día libre fuera de casa.
Incluso lo conocimos en las cantinas, donde parecía que nunca hubieran visto a cuatro madrileños bebiendo unas cervezas.
Y en los puestos nocturnos de comida, en las colas para comprar pupusas y la impaciencia para pedir otra gringa.
Chichicastenango se esconde, se disfraza para gustar a los turistas, se camufla para sobrevivir. Pero por fortuna para los ojos observadores, no lo hace del todo bien.
 
En la mañana del lunes, cuando la resaca del mercado ya ha pasado, Chichicastenango sigue siendo un pueblo-mercado, pero hoy ya no hay artesanías. 
No hasta el domingo, cuando llegan los visitantes para ver el mercado “típico”.
Hoy en el mercado se compran alimentos, ropa, zapatos, utensilios varios… ya sabéis, lo “no tan típico”.
En la mañana del lunes la gente se despereza, se toma un café en la calle, se va a su trabajo, los niños al cole. Algunos borrachos del domingo siguen durmiendo en las aceras.
 
Y nosotros nos vamos a Nebaj.
 

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