Lago Atitlán.

Escrito por Skapamerika. Publicado en Guatemala

17 julio de 2013
 
Mientras descendemos hacia la turística Panajachel no podemos apartar los ojos del L podemos apartar los ojos del lago. Qué maravilla de paisaje.
Tres apuestos volcanes que superan los 3000 m.s.n.m.  se levantan sobre el Lago Atitlán, sombreando las 12 pequeñas poblaciones que lo rodean. Extendiendo sus largas faldas verdes hasta la misma orilla, y vigilando desde la altura a los herederos de los mayas, los hijos del maíz, desde tiempos remotos.
 
Llegamos a Panajachel y dormimos una noche en la casita de un señor del pueblo, por unos 30 quetzales por persona (3€).
Panajachel es una de las poblaciones menos agraciadas de todo el entorno del Lago Atitlán. No sé si como consecuencia del turismo se ha convertido en un lugar feucho, gris y ruidoso.
En un gran bazar de artesanías sin encanto. En un boulevard de bares y discotecas. Y señoras ofreciendo telas, y chavales vendiendo cacahuetes (manías los llaman aquí), y niñas vendiendo chuminadas de colores, y señores procurando viajes en barco…
 
A la mañana siguiente preparamos una pequeña mochila y nos disponemos a recorrer los diferentes pueblos durante la siguiente semana.
Como es domingo, al primero al que vamos es a Santiago Atitlán, porque hay mercado.
Para llegar a cada uno de los pueblitos hay que tomar una lancha. Las hay públicas, más baratas y que salen a una horas determinadas o cuando se llenan, y las privadas, que son bastante caras pero salen cuando el que paga decide.
Por cualquiera de las dos os darán un precio mucho mayor del que corresponde.
En las zonas turísticas de Guatemala es así, al gringo, por ser gringo, le cobran más.
Al principio es hasta divertido el tener que andar regateando el precio de las lanchas, y de la fruta, del pan, del café… pero al final nos resulta agotador estar sieeempre en guardia.
 
Unas fotos del mercado de Santiago Atitlán
 
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Después del mercado de Santiago Atitlán vamos a San Pedro La Laguna, donde nos quedamos unos días.
San Pedro se encuentra bajo el gran volcán San Pedro, que amanece cada mañana resplandeciente,  bien claro y limpio de nubes. A medida que pasa el día, como estamos en temporada de lluvias, los nubarrones grises oscuros casi negros van enroscándose en su cumbre y cubriendo el cielo. Y cada día a eso de las 5 de la tarde se pone a diluviar. A veces durante toda la noche.
Los rayos iluminan las empinadas calles de San Pedro bajo el chaparrón. Y los truenos nos arrullan durante el sueño.
Y ya está, todo lo demás de San Pedro es bastante fosco, para mi gusto. El pueblito de verdad tiene su gracia pero el pueblo gringo paralelo es un escaparate de alojamientos, cafeterías, restaurantes, discotecas y más alojamientos.
 
Desde San Pedro  vamos un día caminando hasta San Juan La Laguna, que nos gustó mucho más porque nos pareció un pueblo real.
Allí pasamos unas horas hablando con la gente, y los chicos les echaron un partido de baloncesto a los niños que jugaban en el recreo del cole.
El día del cumpleaños de Cesar subimos al volcán San Pedro. Pero no sé si contaros la historia porque fue de coña…
Antes de ir nos habían explicado que había que pagar una entrada para subir a la cumbre. Es una ruta de unas tres/cuatro horas de subida, más otro par de horas para bajar.
Pensábamos que el precio serían unos 30 quetzales, pero aun así, queríamos intentar pagar menos o no pagar entrada. De hecho, nos habían contado que había una forma de entrar alternativa que esquivaba la caseta de cobro, pero no es tan fácil de encontrar, solo es conocida por la gente del pueblo.
 
Bueno, nos levantamos a las 6 de la mañana. El cielo está clarísimo, hace un día precioso, y empezamos a subir por el pueblo y luego por la carretera, con cuidado de no encontrarnos de frente con la caseta de cobro.
El equipo lo formamos nuestro amigo mostoleño Aitor, una chica mexicana, un chaval australiano, el Cesitar y yo.
En estas estamos cuando divisamos a cierta distancia una casa grande y blanca con un señor en la puerta que nos hace señas. Nos han pillado, se trataba de la entrada al parque.
Nos dirigimos para allá, y cuando llegamos descubrimos que la entrada, para gringos, cuesta no 30 ¡sino 100 quetzales por persona! ¡Eso son 10 €! ¡Por subir una montaña! ¡¡En Guatemala!!
Le pedimos que por favor nos haga una rebaja pero no hay manera que baje de los 80 quetzales, y nos sigue pareciendo demasiado.
En el revuelo que montamos aparecen unos cuantos guardias más para opinar, pero no ayudan nada, así que decidimos marcharnos. Si no se puede no se puede.
Pero… ¿realmente no se podía?
Volvemos a descender por la carretera y cuando dimos vuelta a la primera curva nos encontramos con un viejito que carga leña. Y claro, le preguntamos.
El señor Mariano se pone de nuestra parte desde el primer momento. Nos dice que cobrar esa entrada es un robo, y que él conoce otro camino…
Sí amigos, aquí empieza el espectáculo.
 
Acompañamos a Don Mariano de vuelta hacia arriba por la carretera, el viejito cargando un atado de leña enorme. Cuando llegamos a la “otra” entrada, se para, y disimula cada vez que sube o baja un tuc tuc  o un coche.
Cuando ve que hay campo libre nos indica; “- entren por aquí, sigan así  (y muestra su brazo izquierdo curvado hacia la derecha). No vayan a hacer ruido, no hablen y caminen despacito.”
Se despidió de nosotros mientras nos internábamos entre los árboles.
Primero recto, luego girando a la derecha, en silencio, llegamos a la parte de atrás de la caseta.
Con paso lento superamos la caseta y empezamos a bajar por un camino que no era camino, y luego volvemos a subir atravesando entre árboles frutales hasta que llegamos a un camino ancho y claro. Ya está ¡lo conseguimos! Estamos dentro.
Casi enseguida empezamos a subir, y la subida es dura desde el principio. Además tenemos una paranoia, y es que como varios guardias, que trabajan como guías, nos vieron regatear en la entrada, es muy probable que nos reconozcan si nos ven dentro. Así que cada vez que escuchamos el ruido de un grupo nos escondemos. Y nos pasa unas cuantas veces. De hecho bastantes. Cada dos por tres nos tenemos que ocultar entre los árboles. Parecemos cinco guerrilleros escondiéndonos del ejército nacional, salvo porque lo que somos es cinco tontos escondiéndonos de unos guías guatemaltecos.
 
Así, jugando al escondite y subiendo un volcán, pasamos algunas horas de esa mañana. Y parecía que íbamos a conseguirlo hasta que nos encontramos con el primer guía-guardia que nos reconoció. Tuvimos suerte, este guardia se había ido unos minutos antes de haber decidido públicamente que nos marcharíamos sin subir, así que lo único que hizo fue preguntarnos “¿Habéis pagado la entrada?” A lo que nosotros respondimos entre dientes y sin mirarle a los ojos que… “sbsbsbsbsí”.
La verdad es que nos sentíamos un poco culpables por habernos colado y por haber engañado al señor, pero joer, 10€ en Guatemala es muchísimo dinero. Con esa cantidad uno duerme una noche, come todo el día, e incluso se toma una birra.
 
La subida continúa durante alguna hora más. El Sol está alto y se nota el calor. Queremos llegar ya. Se nos ha olvidado un poco el mal rollo y estamos concentrados en la tarea.
Cuando estamos cerca de la cima, a unos 30 minutos, ocurrió lo que tenía que ocurrir, lo que nos temíamos todo el camino… apareció el guardia al que le dijimos personalmente que nos marchábamos. No había escapatoria, nos pillaron.
El tío se puso un poco chulillo al vernos; que si “-no deberían haberse colado”, que si “-lo sé desde las 9 de la mañana” que si “-pueden tener problemas cuando bajen” que si “- la policía les estará esperando”  - ¿con perros?  “- sí, con perros”.
Luego empezó a ponerse conciliador… o mejor dicho, EXTORSIONADOR: “- si me pagan ahora 20 quetzales cada uno cuando baje consigo librarles de la policía, a la que ya habrán avisado mis compañeros” “- Les preparo un recibo como si hubieran pagado los 100 quetzales cada uno, no habrá problema” “-Pero si no me pagan ahora les digo que la policía les estará esperando abajo”…
Tratamos de negociar con él y de darle la vuelta al asunto pero no hubo manera. O le pagábamos o llamaba a la policía, así de fácil. Así que pagamos.
Y bueno, todo tiene su parte buena y su parte mala. La mala es que nos pillaron… la buena es que al final pagamos lo que queríamos haber pagado desde el principio, y que ya no teníamos que andar escondiéndonos y podríamos subir del tirón hacia la cumbre del volcán.
 
Cuando alcanzamos la cima ya eran las 13h. y estaba nublado. Una espesa y húmeda capa de neblina envolvía la corona del volcán impidiéndonos ver absolutamente todo.
Durante algunos segundos el viento levantaba esa manta blanca, bueno, la aligeraba, entonces podíamos intuir un poco las montañas circundantes, el lago abajo, los pueblos minúsculos… que a los pocos segundos volvían a estar sepultados por la nada.
Nos dio penilla, para qué os voy a mentir. Después de tanta historia y tanto lío, llegamos tarde.
Nos quedamos un buen rato en la cima, descansando, en silencio, esperando vislumbrar los rincones sumergidos del paisaje.
Después regresamos despacio. Al llegar a la caseta de entrada comprobamos que no había nadie. Ni el guía extorsionador, ni la policía, ni los perros. Qué decepción.
 
Esa noche, ya descansados, celebramos el cumple de Cesar con unos vinitos que le regalaron Nacho y Aitor. Cenamos comida israelí y repusimos fuerzas de la caminata. Y nos reímos mucho recordando la ridiculísima hazaña del día: cinco gringos que se cuelan en una montaña para sufrir voluntariamente durante 6 horas, pasando calor, sudando como perros, escondiéndose en plantaciones de maíz, siendo amenazados y extorsionados, para al final subir a una cima sin ninguna visibilidad.
Si es que los hay tontos…
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