Quito

Escrito por Skapamerika. Publicado en Ecuador

8 de marzo de 2013
 
Llegamos a la capital de Ecuador,  una ciudad alargada que se extiende de norte a sur por un estrecho valle del altiplano andino, vigilada bien de cerca por el volcán Pichincha.
En Quito viven unos 2 millones de personas, por lo que es la ciudad más grande que conocemos en Ecuador con mucha diferencia. Y se nota el caos de capital.
Podríamos decir que Quito cuenta con dos “centros”. Por una parte se encuentra el magnífico casco histórico, Patrimonio de la Humanidad, repleto de hermosos edificios coloniales, iglesias, monasterios y grandes plazas llenas de gente.
El otro centro es lo que los quiteños conocen como la “zona rosa”, que nosotros entenderíamos como el barrio gay… pero nada que ver. La “zona rosa” es el centro empresarial, la zona bien, donde se concentran los bares de copas, los edificios más altos, las oficina… Un día nos acercamos a conocerlo pero lo cierto
es que no tiene nada interesante.
 
Sin embargo, el barrio antiguo nos encantó. Recorrimos muchas veces sus calles empinadísimas por las que circulan innumerables autobuses, coches y motos, siempre. Nos montamos en el trolebús, que es como un patio de vecinos en movimiento; en un continuo entrar y salir de gente, vendiendo cosas, contando cosas, cantando cosas y haciendo cosas, ¡divertidísimo!
 
En un mercado cercano a nuestro alojamiento y a medio camino hacia el centro, probamos varias veces más el sabroso ceviche de camarones. Es tan fácil de comer y tan rico que siempre estamos dispuestos a otro plato.
 
Y desde la terraza del alojamiento, que encontramos de casualidad después de muchas vueltas, muy cansados por el viaje y con mucho calor, disfrutamos de una vista preciosa de la ciudad antigua.
Iluminada en la noche, se difuminan los hogares en un diminuto puntillismo amarillo, alejándose hacia norte y hacia el sur.
 
El día que llegamos a Quito fue el día que murió Hugo Chávez, presidente de Venezuela.
Mientras paseábamos por el casco, nos encontramos a un montón de gente reunida en la Plaza Grande, donde había una corona de flores dibujando la bandera venezolana (de los mismos colores que la ecuatoriana y que la colombiana, por cierto) con el nombre de Chávez en el centro. Se trataba de una especie de capilla ardiente sin cuerpo, un homenaje al polémico presidente.
En un lateral de la catedral había una gran pantalla donde se retrasmitían en directo las manifestaciones callejeras de Caracas, las declaraciones de los venezolanos, tristes, llorosos, histéricos, orgullosos, descabezados de su líder, de su hermano y compañero.
Al otro lado, un pequeño escenario sirvió para que unos pocos cantautores compartieran, con mucho amor, canciones que hacía tiempo que no escuchaba. Poemas, versos, sabiduría… palabras que evocan, y que evocaron en mi adolescencia, un sentimiento profundo de justicia, de solidaridad y de lucha.
Y por qué no decirlo, me emocioné.
 
Esto no quiere decir que comparta al 100% el fondo y las formas de Chávez. Tampoco significa que me deje arrastrar por el sentimentalismo populista tan frecuente en el continente americano.
Simplemente fue un momento bonito, un ratito en el que recordar que aún sigue ahí, el calor, la sangre ardiente de la revolución. Tan necesaria, tan importante.
 
A día de hoy, el capitalismo tiene a su mayor rival en Latinoamérica. Aunque también tiene a un gran aliado. Depende de dónde, y depende de quién y en qué circunstancias, como todo en política.
Pero de todas formas hoy, en Latinoamérica, está pasando algo. En las tuberías del sistema, en las arterias de la gente. Y Norteamérica se está poniendo nerviosa. Así que debe ser cierto eso que gritan por aquí de que…
“¡Alerta, alerta, alerta que camina, la espada de bolívar por américa latina!”
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