Cruzando la frontera. De Colombia a panamá.

Escrito por Skapamerika. Publicado en Colombia

9 de mayo de 2013
 
Muchos viajeros se encuentran con el problema de llegar a Panamá desde Colombia, o viceversa. El gran tapón de la selva del Darién cierra toda posibilidad de cruzar por tierra, como venimos haciendo desde hace un año.
Ninguna carretera atraviesa la selva, y en ningún caso (por lo menos por ahora) es recomendable atravesarla a pie, ya que en ella se esconden guerrilleros, paramilitares, narcos y demás gente de bien.
 
Sabiendo esto se nos presentan tres posibilidades:
La primera, comprar un billete de avión y volar desde Bogotá a Panamá City por unos 400 dólares por persona. Esta solución nos parce cara y anodina así que la descartamos.
La segunda, contratar un crucero en yate desde Cartagena de Indias hasta un puerto caribeño de Panamá, recorriendo algunas islas Kuna Yala del archipiélago de San Blas. En este caso desechamos la opción por el precio (unos 500 dólares por persona), y porque nos da mucha pereza hacer un crucero con otro montón de turistas, a pesar de que la idea de parar en las islas de San Blas, conocer la cultura Kuna Yala, y bañarnos en aguas cristalinas del caribe nos tienta bastante.
Y la tercera, viajar en autobús hasta Turbo, luego coger una lancha hasta Capurganá, desde allí coger otra lancha hasta Puerto Obaldía (ya en Panamá) y una vez allí viajar 1. En lancha a Cartí  y luego en coche hasta Panamá City 2. En avioneta directamente hasta Panamá City 3. Tratar de hablar con algún pescador/ lanchero que nos acerque a algún puerto del caribe panameño y luego viajar en coche… Todo esto por unos 200 – 300 dólares por persona.
 
Como ya hacía tiempo que estábamos muy tranquilitos y tampoco estamos muy boyantes económicamente hablando, nos decantamos por la tercera opción.
Y aquí comienza el relato de nuestro periplo fronterizo.
 
El primer día salimos de Cartagena muy temprano, a las 6 am, para llegar a nuestro destino antes de que anochezca, ya que nos han dicho que Turbo es una ciudad fea y peligrosa, pero es el único lugar desde donde salen lanchas regulares a Capurganá, todavía Colombia.
De Cartagena a Montería, primera parada, el viaje es bastante bueno; nuestro bus tiene baño y aire acondicionado. Lo único que cuando llegamos a Montería el autobús nos deja en medio de cualquier calle en vez de en la terminal porque parece ser que se les ha roti una llanta o algo así. Tenemos que pillar un taxi y llegar a la terminal de Montería para coger otro bus que nos lleve a Turbo.
Allí pillamos una buseta que sale pocos minutos después, pero este viaje ya no es tan bueno… la carretera que une Montería con Turbo está en su mayoría sin asfaltar, y como hace tanto calor (y por supuesto no hay aire) tenemos que ir con las ventanas abiertas tragando polvo. Hacemos un montón de paradas por el camino recogiendo gente con animales y vendedores ambulantes que venden de todo.  Muy entretenido pero agotador…
 
Llegamos a Turbo, que efectivamente es una ciudad sucia, fea y ruidosa, y unos segundos antes de que nos bajemos nuestra buseta atropella a un chaval que va en moto. Al final no pasó nada, pero vaya susto.
Buscamos alojamiento frente al “puerto”, que no es más que una entradilla del mar maloliente y llena de basura. Encontramos una habitación cochambrosa pero baratísima (20.000 – 8€) y con ventilador, en el Hostal El Golfo, frente a la taquilla de la compañía de las lanchas, así que nos quedamos.
Compramos los billetes (55.000 pesos (por persona) – 22€), sacamos dinero, cenamos algo y nos metemos en casa antes de que se haga tarde.
 
A la mañana siguiente vamos al “muelle” a las 7:30 porque nos dicen que la lancha sale a las 8:00, pero en realidad no sale hasta las 9:30. La zona de embarque es un lío.
Compramos una bolsas de plástico de basura grandes y resistentes que venden allí mismo para meter nuestras mochilas por si se mojan durante el camino. También nos toca pagar un extra porque nos excedemos del máximo peso permitido por persona (10kg), pero no es mucho, unos 600 pesos por kilo.
Por fin sale la lancha, es una lancha grande, iremos unas 20 personas, hay mucho viento y mucho sol pero el mar está tranquilo así que no damos muchos botes en el asiento.
 
En un par de horas y media llegamos a Capurganá, un pueblecito muy pequeño en la costa caribeña en medio de la selva del Darién.
Tiene una bonita playa, el alojamiento es barato o se puede acampar, y estamos tan a gusto que decidimos quedarnos un par de noches.
El ritmo del pueblo es totalmente caribeño. Todo va despaaaacio, nadie se estreeesa.
Es aquí en Capurganá donde hay que sellar el pasaporte de salida de Colombia la tarde antes de viajar.
 
La última noche, cuando ya habíamos comprado los billetes en lancha para viajar a la mañana siguiente a Puerto Obaldía (primer puerto panameño, 8 am 25.000 pesos por persona), decidimos terminarnos la plata colombiana que nos quedaba. En Panamá la moneda es el balboa o el dólar, y nosotros ya habíamos cambiado dólares en Cartagena para tener dinero una vez en Panamá.
Pero, craso error, no contamos con la pachorra de aquí.
Cuando ya llevábamos un rato esperando en el muelle nos dicen que la lancha no va a salir hasta la tarde porque sólo estamos nosotros para viajar por la mañana…
Nos pasamos casi un día sin comer y dando paseos del muelle a la cama y de la cama al muelle, porque nadie nos dice una hora de salida ni si finalmente vamos a salir. Todo depende de si llega gente desde Turbo (sobre las 12h) que quiera cruzar a Puerto Obaldía, pero no solo eso.
 
Cuando llega gente que quiere cruzar a Panamá tiene que sellar el pasaporte en Capurganá, pero no suele haber luz hasta las 14h, y el señor de migración podría arreglar los papeles a mano, pero no lo hace si no es a cambio de algunos pesitos.
 
En la lancha de Turbo llega un grupo que quiere pasar, todos colombianos. Los colombianos, además de sellar el pasaporte necesitan una carta específica que les da permiso e informa de la ausencia de antecedentes, obligatoria para cruzar. Algunos la traen de otro puerto, o de su ciudad, pero los que no, tienen que hacerla en Capurganá. Los funcionarios de aquí la cobran algunas decenas de miles de pesos más cara, depende del día y de la persona.
Mientras, la luz viene y se va, y el policía se hace el remolón. Yo le pregunto al dueño de la lancha que si por fin salimos y me dice que sí, y cuando le insisto “¿pero seguro seguro que sí?” me responde con muy buen tino “señorita, aquí no hay nada seguro sino la muerte” toma ya.
 
Increíblemente a las 15:30h salimos. Menos mal, porque si se hace un poco más tarde habría que haber esperado al día siguiente.
El viaje dura 30 minutos, es una tontería. Si no estuviéramos tan cargados daban ganas de irse caminando, pero claro… los peligros de la selva… yo qué sé, nos dio respeto.
Esta lancha es mucho más pequeña, iremos unos 8 más los conductores. El viaje es movidito por la hora, y por la velocidad llegamos completamente empapados a Puerto Obaldía. Pero bueno ¡por fin estamos en Panamá!
Cuando llegamos los de aduanas te hacen vaciar la mochila, el neceser, cualquier bolsa que tengas, a los colombianos más, claro. Pero no podemos sellar la entrada al país porque el puesto de migración está cerrado, cierra a las 16h…
 
Aunque se puede acampar por el pueblo nos buscamos un alojamiento. Nuestra tienda es la boliviana y si le da por llover se nos mojaría todo.
Al final terminamos todos en el mismo alojamiento, el más barato de los dos que hay en el pueblo. Ya somos medio colegas de los colombianos que viajaron con nosotros, y empezamos las investigaciones juntos; dónde hay que preguntar lo de la lancha, dónde lo de la avioneta, dónde hay que hacer fotocopias del pasaporte… pero no podemos solucionar casi nada porque a esa hora ya está todo cerrado.
 
Empezamos a hacer cálculos y nos damos cuenta de una cosa. Tenemos en total 270 dólares, con ellos hay que pagar el alojamiento en Pto Obaldía y algo de comer. Si a eso le añadimos los 100 dólares que nos cuesta la lancha a cada uno, más los 25 dólares del coche hasta Panamá City, o viajamos al día siguiente o no nos da.
Peeero, la lancha sale sólo con un mínimo de 10 personas, y si el mar está calmo tarda 7HORAS!!  Por lo que seguramente habría que hacer noche también en Cartí… así que definitivamente no nos llega el dinero.
Nuestras posibilidades se reducen a hablar con un lanchero/pescador o viajar en avioneta.
Tanteamos el tema del lanchero/pescador pero está complicado, y cuando vamos a preguntar por la avioneta nos dice la doña que no hay sitio disponible hasta por lo menos pasado mañana.
La avioneta nos interesa, cuesta 90 dólares y tarda sólo 45 min hasta Panamá City. El problema es que sólo tiene 20 plazas y mucha gente las reserva con tiempo (sí, se puede reservar, pero nosotros fuimos sin reserva porque somos así de chulos, o así de tontos… o las dos cosas). La doña nos dice que nos acerquemos a preguntar al día siguiente a las 8am.
Parece que tendremos que quedarnos unos días en el pueblecito.
Es una pena que el pueblo, a pesar de estar en el caribe, no tenga ni una sola playa decente. En realidad es un pueblo de paso sin nada que hacer. Con muy mala comunicación con el resto del país y con la mayoría de población colombiana.
 
Nos vamos a cenar con nuestros nuevos amigos (nuestra única comida del día) y nos empiezan a contar sus temores a la hora de sellar el pasaporte y que no les dejen entrar en Panamá.
Los seis tienen intención de trabajar en Panamá de manera irregular. Es decir, entrar como turistas y una vez terminado el permiso de estancia, quedarse trabajando.
Alguno ha dejado a su mujer e hijos, otro espera un golpe de suerte, otros son jóvenes y buscan una oportunidad…
Vemos un atardecer precioso entre las nubes y el mar y nos vamos a la cama.
Ese día dormimos como marmotas… qué día más largo por dios.
 
A la mañana siguiente nos presentamos como un clavo a las 8 en la “oficina” de la avioneta, donde nos dicen que creen que no podremos viajar al día siguiente tampoco. Dicen que para ese día sólo está programada una avioneta con capacidad para 7 y que es para unos trabajadores de una compañía telefónica que van a instalar un cableado en el pueblo.
Pero de todas formas, nos dice que nos acerquemos un par de horas más tarde para volver a preguntar.
Mientras, vamos a migración. A una señora colombiana le han dicho que la carta de permiso de entrada al país está caducada, tiene que regresar hasta Turbo para conseguir una nueva (le dicen que la extendida en Capurganá ya no les sirve). Uno de los chavales se pone muy nervioso en la entrevista y desvela que no tiene los 500 dólares necesarios para justificar tu solvencia económica en Panamá (en realidad sí los tiene, pero se le quedan en menos de 400 si compra el billete de avioneta, porque a ellos les exigen un billete de ida y vuelta), tiene que regresar a Capurganá para recibir una transferencia por Western Union.
A nosotros no nos ponen problemas, aunque sí nos hacen mostrarles la tarjeta de crédito.
 
Para hacer tiempo vamos a un mini supermercado y compramos unas latas de sardinas y unos panes, no tenemos dinero suficiente para comer caliente así que habrá que conformarse.
Entre charla y charla con los chavales colombianos, descubrimos que también hay un par de franceses por el pueblo que quieren viajar, y un grupo de 5 cubanos que lleva un tiempo dando tumbos con la idea de llegar a EEUU. Estos chicos ya se encuentran en una situación completamente irregular.
 
Hacia el mediodía volvemos a preguntar por la avioneta y esta vez la doña se enrolla y nos da una buenísima noticia: nos dice que ha solicitado una avioneta más grande para el día siguiente así que cree que podremos volar todos en ella… ¡¡Yuhuu!! Nos pusimos contentísimos y queríamos celebrarlo, pero claro, como aquí no hay nada seguro sino la muerte, pensamos que era mejor posponer la celebración y esperar una confirmación más seria.
Antes de que cerrara la oficina de la avioneta volvimos a pasarnos a preguntar, y la señora nos dijo esta vez que aún estaba esperando la confirmación del envío de la avioneta grande de Panamá City. No lo sabría hasta el día siguiente, el mismo día del vuelo.
Pues nada, otra vez a esperar y a cenar pan y sardinas.
 
Para compensarnos, la doña nos invitó a una cabaña que estaba construyendo su hijo (el jefe de aduanas de Obaldía) a la orilla del mar. Nos fuimos con nuestros amigos colombianos.
Cesar se dio un bañito sobre rocas incómodas, comimos coco y plátanos, y pasamos un buen ratito con los anfitriones, que nos contaron que planean construir una especie de lodge sostenible, para atraer el turismo a Puerto Obaldía. Pero como no limpien la costa… veo complicado que funcione.
En fin, que pasamos otra noche más en el tapón de Darién.
En el fondo no estuvo tan mal, éramos como prisioneros en territorio hostil, y eso creó un ambiente muy chulo con el resto de prisioneros. Compartíamos tardes de charla, nos hacían miles de preguntas sobre el viaje, sobre España, nos contaban cosas de su vida y de Colombia…
 
A la mañana siguiente amaneció con tormenta. El cielo lleno de nubes, truenos y agua como si no hubiera mañana.
No podía ser que tuviéramos tan mala suerte… pero sí, la teníamos.
A las 8am fuimos a la oficina de la avioneta y la doña nos dijo que lleváramos nuestros pasaportes, el dinero y el equipaje. Le preguntamos con incredulidad si viajaríamos con lluvia y nos dijo que no lo sabía, que habían aprobado la avioneta grande y que si todo iba bien saldría de panamá City a las 11 y llegaría casi a las 12 a Obaldía.
Pues nada, a hacer los trámites cruzando los dedos para que dejara de llover. Pero la lluvia no amainaba, sólo aumentaba, aumentaba y aumentaba…
Y no podíamos desayunar, claro, porque si la avioneta no venía (o sí), tocaba quedarse otra noche (o no) y comer otro día (o no).
Cesar ya pasa de todo y dice que no sale de la cama.
 
Bueno, dieron las 11 y parece que la avioneta había salido de Panamá. Dieron las 11:30 y parce que nos dijeron que fuéramos subiendo al “aeropuerto”, dieron las 12 y parece que vemos una avioneta que va a aterrizar… ¡no me lo creo! Me fumo mi último cigarrillo para celebrarlo.
A las 12:15 estábamos subiendo el equipaje y ocupando nuestros puestos. Al final volamos los dos franceses, los cinco cubanos, los cuatro colombianos que consiguieron estar a tiempo, una hondureña embarazada que se va hasta Honduras a parir y nosotros dos ¡Equipazo!
Estamos muy contentos pero el viaje es una tortura. Tenemos que sobrevolar la tormenta y la avioneta no está bien presurizada así que nos empiezan a doler los oídos y la cabeza. Yo llevaba unos días antes con resfriadillo, y en el aire veía las estrellas.
Durante el aterrizaje me quedé sorda de un oído y no lo recuperé hasta el día siguiente.
 
¡Por fin, por fin, por fiiin llegamos a Ciudad de Panamá! Pero no todo termina aquí.
Llegamos en un vuelo de la frontera colombiana, lleno de colombianos y cubanos irregulares, así que nos piden los pasaportes y los retienen durante cerca de una hora. Mientras tanto, nos piden rellenar unos papeles, nos escanean las mochilas (a algunos pobres se las abren y registran otra vez), les piden los dólares, les piden información de dónde se van a quedar, a todos los no europeos les hacen entrevistas a puerta cerrada, y encima no nos dejan hacernos una foto juntos porque no pueden fotografiarse esas instalaciones del aeropuerto (¿¿??).
No sé si tanto trámite es para evitar el tráfico de cocaína o que la gente emigre para buscar trabajo. Si se trata de lo segundo manda cojones, porque resulta que hasta hace unos 100 años aproximadamente, Panamá era una región más de Colombia. Se independizó con ayuda (totalmente desinteresada por supuesto) de los EEUU, y como tiene el canal, y el dólar, y ahora les va tan bien, pues no les gusta nada que los colombianos pobres vayan a dejarse la vida en su país.
 
Esperamos durante una hora, mientras otros vuelos aterrizan y desembarcan rápidamente. Durante la espera los cubanos nos cuentan un poquito de su historia. Nos dicen que el vuelo en avioneta les ha costado 200 dólares en vez de 90, como al resto. Dicen que fueron a reclamar a la policía de Obaldía pero les respondieron que ellos no podían hacer nada. La doña se aprovechó de ellos porque no tenían otra alternativa… joer con la doña…
Sale un funcionario y nos llama uno a uno y nos devuelve los pasaportes. Los colombianos pueden entrar, los cubanos tienen paso libre, como si no les hubieran visto dicen, y nos marchamos todos.
Despedidas, abrazos, suertes… ojalá todos encuentren lo que han venido a buscar.
 
Nosotros paramos un taxi y nos dirigimos al casco viejo de Ciudad de Panamá.
 
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