Medellín y región de Antioquia

Escrito por Skapamerika. Publicado en Colombia

15 abril de 2013

 

Medellín, la famosa ciudad del narcotráfico, huérfana de Pablo Escobar, hoy parece haber recuperado un poco  la cordura, por lo menos en la zona del centro.
Sin embargo la lucha por el territorio continúa en los suburbios, donde cada día mueren decenas de personas en “balaceras “ridículas que sólo llevan a la muerte y al dolor.
Cientos de familias inmigrantes del entorno rural llegaron y llegan a estos suburbios escapando de la pesadilla de las FARC y los paramilitares, pero lo que encuentran en la ciudad es igual de terrible que la guerra de guerrillas, la guerra de bandas. Sus hijos siguen estando en peligro de morir y matar, de matar o morir.
Así es el Medellín que nosotros no conocimos.
 
El Medellín en el que pasamos unos días es una ciudad fea pero activa. Llena de parques, de bibliotecas y universidades. Con un moderno metro aéreo, limpio y ordenado, desde el que se descubre el Medellín de los balcones, de las terrazas, de las ventanas indiscretas.
Caótico, ruidoso, rumbero, divertido. Exagerado y orondo como pintura de Botero.
Nos alojamos en el barrio de Suramericana, una zona residencial muy cercana al centro y mucho más tranquila que el barrio de Poblado, donde se encuentra la mayor zona rosa de la ciudad.
 
Visitamos el museo de Antioquía con la famosa colección de pinturas y dibujos de Botero, que está justo frente a la plaza de Botero, donde los vendedores de lotería dejan caer sus boletos “ganadores” a los pies del visitante en un intento de conseguir una compra a través de la magia colombiana (nosotros no picamos, pero es muy fácil caer en su trampa).
Subimos el larguísimo metro-teleférico que lleva hasta el parque Alví, mientras departimos con los lugareños sobre el clima, la comida, el vértigo o Colombia.
Nos dicen que el metro de Medellín fue construido por una empresa española, y que les están muy agradecidos. Para ellos es un orgullo.
Desde la protección de la altura recorremos con la vista el extrarradio de la ciudad. Barriadas grises. Sucias, violentas,  tristes.
 
Desde Medellín nos escapamos a conocer los pueblos de la región durante unos días.
Nos dormimos en el bus que nos llevaba a Santa Fe de Antioquia, y después de media hora de camino extra, nuestro autobús paró a otro que bajaba en dirección contraria para que hiciéramos el trasbordo (además del ridículo…)
Santa Fe es la estrella de la región, todo el pueblo se conserva como antes, con sus casas de bahareque, su calzada adoquinada y su estilo colonial. Un lugar para quedarse si no fuera por el clima tórrido que la castiga durante las 24 horas del día.
Huyendo del bochorno marchamos hasta Marinillas, otro pueblito mucho menos vistoso que Santa Fe, pero más habitable. Tiene varias calles con casas de bahareque y una bonita plaza principal.
 
De vuelta en Medellín pensábamos poder encontrarnos con Vidal, un ex compi del curro que se ha casado con una colombiana y ahora vive aquí, tratando de meter la cabeza en el mundo de las medidas judiciales de menores en Colombia. No puedo imaginarme lo duro que tiene que ser trabajar aquí de técnico de medidas… bueno, si puedo, y me parece que hay que ser muy valiente.
¡Pero cuando le llamamos resulta que tiene una semana de trabajo en Bogotá!
 
Como no queríamos marcharnos sin verle, cogimos los bártulos, un autobús, y 13 horas después llegábamos a Bogotá.
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