Eje cafetero

Escrito por Skapamerika. Publicado en Colombia

8 abril de 2013
 
Y como siempre desde hace ya más de un año, seguimos hacia el norte.
Nos dirigimos al eje cafetero, pero antes hacemos una para técnica en Cali, básicamente para resolver algunos asuntillos de cables (el decimoquinto cargador falso de iphone de Cesar se termina de romper y el cargador chungo del pc que compramos en La Paz se desintegró en un fuego fatuo que casi prende un colchón cuando estábamos en San Agustín)
Tras una larga y sudorosa noche en la ciudad de la salsa, remontamos la Panamericana hasta Armenia, donde cambiamos autobús por buseta y llegamos a Salento, el pueblo más turístico de toda la región cafetera.
 
Es un pueblo pequeñito de casas de madera pintadas de colores. Hay muchos alojamientos, muchos restaurantes y muchas tiendas de artesanía, y en nuestra opinión, esto hace que quede menos sitio para el pueblo. Igualmente es un lugar muy bonito, con una temperatura genial y con cosas que hacer, así que es parada obligatoria en cualquier viaje a Colombia.
Nosotros pasamos tres noches. Desde allí visitamos el precioso Valle de Cocora, que se puede recorrer a pie o a caballo en una ruta circular. Lo más espectacular del paseo son las famosas Palmas de Cera, unas larguísimas palmeras de troncos finísimos que pueden alcanzar hasta los 80 metros de altura, y que rompen en lo alto en un lejano plumero de hojas, un pequeño fuego artificial.
Desgarbadas, delicadas y soberbias.
 
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Otro día, como no podía ser de otra manera, fuimos a visitar una hacienda cafetera. El café colombiano es efectivamente uno de los mejores cafés del mundo.
El clima cálido y húmedo y los 1200 metros aproximados de altura son los secretos para la calidad del café.
Escogimos la pequeña finca de Don Elías, a un paseo de una horita desde Salento.
Don Elías, un anciano cafetero de pelo blanco y sombrero vueltiao, nos recibió amistosamente en su casa, y a mí me transportó en un segundo al escenario de alguna de mis novelas favoritas.
Nos presentó a su nieto Jose, quien le ha tomado el relevo con los visitantes y durante un buen rato nos paseamos con él por la hectárea que ocupa la finca, haciendo preguntas de todo y sobre todo, a las que el chico responde con paciencia y conocimiento.
 
La finca de Don Elías es supuestamente orgánica, es decir, que no utilizan ningún producto químico a no ser que sea cuestión de fuerza mayor (plagas que hagan peligrar gran parte de la cosecha). Cultivan dos variedades de café, además de plátanos, ya que parece ser que su cultivo simultáneo beneficia a ambos.
Recorremos toda la historia del café, desde su origen en el continente africano hasta nuestro paladar.
Jose insiste en que la clave fundamental del aroma y sabor del café está, no en el tueste, si no en el humor del tostador. Así un mismo café puede obtener aromas diferentes dependiendo de quién lo tueste y del amor con que lo haga.
Yo vuelvo a transportarme a novelas y películas de mi infancia, y decido que no saldré de Colombia sin volver a leer “Cien años de soledad”.
A pesar de que el café de Salento es insuperable, lo toman colado con agua de panela, por lo que pierde mucho del aroma que se consigue con la cafetera italiana.
(La panela nos la descubrió Juanjo en Cuenca, es el jugo de la caña de azúcar seco, antes de convertirse en azúcar moreno – para los canarios… ¡buscando en internet he descubierto que también lo llaman rapadura!)
 
En Salento se debe comer trucha con patacón, que es plátano verde (macho) espachurrado, convertido en una gran plasta fina, frito y crujiente.
También visitamos a Jose y Enrique, dos viejos conocidos de Cesar. Un valenciano y un colombiano que hace ya cuatro años llegaron a Salento y montaron un bonito hostal que se ha convertido en uno de los mejores del país.
Hace tres años y medio Momi, Emilio y Cesar dieron a parar aquí, al Hostal Ciudad de Segorbe, y no sé muy bien qué debieron hacer, que tanto tiempo después los dueños reconocieron a Cesar y se acordaban perfectamente de los otros dos.
Jose y Quique son encantadores, y aunque no pudimos alojarnos con ellos fuimos a visitarles todas las tardes.
 
Desde Salento fuimos a conocer Filandia (sin n) otro de los pueblitos de la región, que también conserva algunas casas coloniales de colores. Y nos gustó tanto el ambientillo y la gente que decidimos llegar hasta Medellín recorriendo otros pueblitos del eje.
Pereira, Manizales y Armenia son las tres grandes ciudades del eje cafetero, que nosotros evitamos por todos los medios y utilizamos solamente para hacer escalas entre pueblos.
 
Así que desde Salento viajamos a Salamina, un pueblito precioso, colgado en lo alto de un cerro y quizás con los mejores balcones de madera de colores de toda la región.
Su gente es alegre y ruidosa, beben mucho café y atraviesan la población montados a caballo. Durante el fin de semana la calle principal se convierte en una juerga, con música hasta la madrugada y cerveza y ron.
Aquí nos alojamos frente a la parada del autobús en un sitio muy barato y muy especial. Su dueño era artista, poeta y escultor, y un enamorado de Salamina. Sabía mucho sobre historia colombiana y de su región. Y las paredes del hostal estaban llenas de fotografías de los locos del pueblo, pasados y presentes.
 
Pasamos un par de noches en Salamina y desde allí viajamos a Aguadas, con una plaza mayor colonial y famoso por sus sombreros y sus dulces piononos.
Y bueno, desde Aguadas hicimos un par de escalas y nos plantamos en Medellín.
 
Gente de Salamina:
 
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