Popayán, Silvia, San Agustín y Tierradentro.

Escrito por Skapamerika. Publicado en Colombia

1 abril de 2013
 
Popayán es una preciosa ciudad colonial blanca blanquísima. Todas las casas del centro, que es bastante grande, perfectamente cuidadas, todos los días se ven trabajadores repasando el blanco de algunas fachadas.
Paredes blancas con grandes puertas y ventanas de madera oscura. Bonito, eh?
Quiso la casualidad que llegáramos a Popayán el domingo de ramos, sin saber que la celebración de la semana santa en esta ciudad es una de las más importantes de país, con todo lo que eso implica, para lo bueno y para lo malo.
Y lo malo es que los alojamientos se llenan y suben sus precios.
Después de preguntar en algunos hostales dimos con un sitio en plena plaza principal (que aquí se llama parque – la plaza es parque, el parque no sé cómo es) que resultó ser de un chaval de San Sebastián y de su novia búlgara.
Allí nos quedamos un par de días haciéndonos comiditas en la cocina del hostel y relajados en el ambiente santo de Popayán.
 
El martes fuimos a pasar la mañana al pueblito de Silvia, donde hay un famoso mercado indígena. El mercado no es muy grande, lo mejor es ver la gente de la región, que nos recordó mucho a los indígenas del altiplano ecuatoriano.
La vestimenta es genial; los hombres llevan una manta color añil, de un azul muy brillante, enrollada en la cintura, un poncho negro y un sombrerito. Las mujeres llevan la misma manta azul sobre los hombros, abrochada con un tupu, una falda negra enrollada a la cintura y un sombrerito. Es gracioso porque ambos  llevan los mismos colores pero invertidos. La mayoría de mujeres además, llevan el mismo pelo cortado a tazón.
 
Nos hubiera gustado conocer otros pueblos de la zona pero se pasó el día lloviendo así que al final sólo visitamos Silvia. Debe ser muy interesante pasar unos días recorriendo la región.
 
El miércoles decidimos marcharnos a Tierradentro, pero cuando llegamos a la terminal, sobre las 10h (el bus salía a las 10:30) nos dijeron que no había sitio hasta las 13h. Preguntamos en varias compañías a ver si podíamos hacer algún tipo de combinación para llegar, pero nada, todo vendido, maldita semana santa.
Total, que preguntando, conseguimos un autobús que nos llevara a San Agustín, otro de los lugares que queríamos visitar.
Ambos se encuentran en el departamento del Huila, al oeste de Popayán.
 
El camino a San Agustín es un coñazo, sobre todo si se viaja en los últimos asientos del autobús. Son cinco horas de dar botes por carreteras sin asfaltar, tratando de agarrarse a cualquier cosa para no aplastar al de al lado, o para no estamparte contra la ventana o el techo.
La carretera atraviesa la parte alta del altiplano, que aquí en Colombia se conoce con el romántico nombre de “el páramo”
Tras 5 horas de bailoteo se llega a un cruce donde se cambia de transporte. Nos subimos a un jeep que termina el camino hasta San Agustín.
 
San Agustín es una de las poblaciones colombianas famosas por sus restos arqueológicos. Hay varios lugares que visitar, algunos sólo posibles en tour o con coche propio. Nosotros sólo visitamos los que son accesibles caminando desde el pueblo.
Parece ser que una cultura prácticamente desconocida habitó los alrededores de San Agustín dejando como herencia una serie de misteriosas esculturas de figuras antropomorfas, zoomorfas y zoo-antropomorfas, además de algunas tumbas.
Algunas de las esculturas han sido recogidas por encontrarse en lugares incómodos y difíciles de proteger, y se han reunido en un parque arqueológico que está a un par de kilómetros del pueblo. Otros grupos escultóricos se han mantenido en su lugar y pueden visitarse en una caminata.
 
Pasamos un par de noches en San Agustín y al tercer día… decidimos ir desde allí a Tierradentro.
Nos recomiendan salir muy temprano porque al ser semana santa el transporte oficial no funciona y solo viajan jeeps de particulares. Y si ya es complicado llegar en un día normal, en pleno viernes santo se convirtió en toda una odisea.
 
El primer jeep hasta Pitalito lo cogimos fácil, ya estaba casi lleno cuando llegamos.
En Pitalito tuvimos que negociar precios con los conductores que trabajaban, precios muy por encima de los habituales.
Por suerte aparecieron un grupo de cuatro chavales bogotanos que querían llegar también a Tierradentro, por lo que negociar precios siendo 6 resultaba mucho más sencillo que siendo sólo dos, y además los colectivos se llenaban antes.
Después de un rato de regateo conseguimos un conductor que nos llevó a Tarqui, siguiente escala. Allí había que conseguir otro que nos llevara hasta Garzón (si seguís nuestro recorrido en un mapa veréis que estamos dando un rodeo patagónico, pero es que no había otra opción).
Hablamos con varios, todos nos marean. Nos dicen que no sale ninguno, luego que sale un jeep pero que se va y luego vuelve, luego que va a venir una buseta, luego que la buseta no viene, luego que el jeep que vuelve se llena en un pispás y la mitad quedamos fuera, y por fin, y no sé por qué razón, el señor que nos había traído hasta Tarqui se anima y nos lleva hasta Garzón.
Bueno, pues llegamos a Garzón, ya estamos a un paso de Tierradentro, pero llevamos unas 5 horas de viaje y el doble de presupuesto que habíamos calculado para el transporte.
En Garzón… oootra vez a negociar. Hay un jeep que puede llevarnos pero hay que esperar hasta las 4 de la tarde porque ha quedado con otro grupo, pero que si le pagamos el doble nos lleva ya. A todo esto se había unido una señora gringa a nuestro grupo, que flipaba bastante, pero que nos venía fenomenal para llenar los transportes y salir antes.
Al poco llegó otro chico con una furgo que nos dijo que nos llevaba también, pero por bastante más dinero de lo que era en realidad.
Negociamos otro ratito. Se unen algunos amigos de la plaza de Garzón a comentar la jugada, a ayudar a uno o a otro. Que si es mejor irse ahora y pagar un poco más que esperar hasta las 4… Que por qué vamos a pagar más plata si podemos esperar unas horitas… (eran las 12:30) incluso nuestro chófer desde Pitalito empieza a plantearse si llevarnos él mismo, pero claro, su mujer ya le había llamado un par de veces para saber si iba a ir a comer o no (en Pitalito!!)
Al final cedemos un poco y nos vamos con el chico de la furgo. Muertos de risa y muertos de hambre.
 
En Tierradentro nos alojamos cerca del museo, en el Hostal Berna, aunque el pueblo de San Andrés de Pisimbalá se encuentra a un par de kilómetros de allí.
La pareja de viejitos dueños del hostal son un amor. Tienen unos terrenitos donde plantan café y nos invitan a probarlo. Les gusta hablar.
En Tirradentro pasamos otras dos noches ¡y nos gusta mucho más que San Agustín!
Hacemos el recorrido circular que permite ver las tumbas subterráneas de otra sociedad misteriosa que habitó la región.  Hay decenas de tumbas, muchas de ellas están sin excavar.
 
Para acceder a las tumbas hay que descender por unas escaleras de escalones gigantes que van en espiral o zigzag hacia el interior de la tierra, al final de ellas se encuentran unas cuevas cinceladas en la roca. Algunas de ellas son espectaculares, decoradas con dibujos geométricos, de animales, de varios colores.
El recorrido en sí es bonito también, se camina entre innumerables plantaciones de banana y café.
 
Además de las tumbas, el otro reclamo turístico de la zona era la iglesia de San Andrés de Pisimbalá, y digo era porque la noche antes de llegar nosotros la iglesia apareció quemada.
La iglesia en cuestión tenía unos 200 años, tenía el techo de paja y la sacristía de madera, y un pequeño campanario de madera también. Cuando llegamos a verla sólo quedaban las paredes blancas cubiertas de hollín y humeantes montones de paja negra a su alrededor. Era una de las pocas iglesias de estas características que habían sobrevivido al tiempo y a la naturaleza.
Durante el tiempo que estuvimos allí se había llegado a la conclusión de que el culpable del incendio había sido un grupo indígena que vive en la zona, con los que los campesinos del pueblo tienen problemas de tierras.
 
En Tierradentro también descubrimos el lulo, una fruta deliciosa, redonda, naranja cuando es madura, del tamaño de una mandarina y cubierta de pelitos como el kiwi. Su sabor es parecido al del kiwi, con limón, piña y manzana verde. En serio, riquísima. Desde ese momento tratamos de tomar por lo menos un jugo de lulo diario.
 
El domingo de resurrección, nos despertamos prontísimo para pillar el primer bus que regresa a Popayán, a las 6 de la mañana. La carretera es mala igual, pero nuestros sitios en el autobús son mejores.
Atravesamos el páramo, donde el viento arrecia y llueve, y descendemos de nuevo al amable y blanquísimo Popayán.
 
Fotos de Slvia:
 
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