Empezando Colombia

Escrito por Skapamerika. Publicado en Colombia

24 marzo de 2013

Esa mañana soleada de finales del mes de marzo, por fin, atravesamos la frontera.
Desde Tulpán cogemos una combi que nos lleva al límite de Ecuador.
 
Tras esperar una tediosa fila conseguimos los sellos de salida del país, cruzamos a pie la línea divisoria imaginaria y avanzamos hacia la entrada oficial de Colombia, donde sin hacernos esperar, varios funcionarios nos reciben con sonrisas y con preguntas. Nos regalan postales, y nosotros les regalamos los pasaportes (aquí se dice así) que nos devuelven sellados. Nos dan la bienvenida más bienvenida de todo el viaje. Siempre a la orden, que estén bien. Grandes anfitriones estos colombianos.
 
Compartimos otra combi que a este lado de la tierra se llama buseta, con algunas ecuatorianas que esconden productos de estraperlo (especialmente leche en polvo). Hay una mujer a la que pagan por hacerse cargo del paso de algunos sacos. Se encarga de supervisar que todo salga bien hasta estar fuera de “peligro”. El conductor de la buseta se hace el loco y la policía colombiana que ronda el aparcamiento es fácil de hacer callar con unos billetes.
Nos dirigimos hacia Ipiales, el primer pueblo de Colombia.
 
Allí hacemos un cambio rápido de buseta y cogemos otra para llegar hasta Pasto, la primera ciudad del país que conoceremos.
 
El paisaje del camino es espectacular. Las montañas y valles que se encuentran a ambos lados de la carretera son exuberantes y verdes, con grandes árboles de todos los tamaños y especies. La vegetación es salvaje, arrebatada, incontrolable, parece llenarlo todo.
El conductor de la buseta pisa el acelerador y vuela a ritmo de salsa, sin respetar dobles líneas continuas, curvas o cambios de rasante.
Pero podemos estar tranquilos, hay una pegatina dentro del coche que pregunta a los pasajeros qué tal conduce el conductor, y si no se está conforme se puede enviar un mensaje a un número de móvil.
A lo largo de toda la carretera vemos apostados a grupos de jóvenes militares que protegen el territorio de la guerrilla o de los paramilitares.
Nos habían dicho que esta carretera podía ser complicada, pero desde hace un tiempo el gobierno ha conseguido controlarla.
 
Pasto tiene poco que ver. Hay muchas iglesias pero es difícil pillarlas abiertas. También tiene algunos alrededores bonitos, pero no los visitamos.
La ciudad es famosa por sus fiestas de negros y blancos, en carnaval, donde los blancos se pintan de negro y los negros se pintan de blanco.
 
Aprovechamos para cambiar muchos de los dólares que traíamos de Ecuador por la moneda local, el peso colombiano.
Acostumbrados al cálculo fácil del dólar – euro, nos pasamos el día haciendo cuentas hasta que encontramos la clave del cambio: aproximadamente 2500 pesos colombianos son un euro. El monedero se nos llena de billetes que se gastan rápido.
 
Después de un par de días de paseos tranquilos y almuerzos baratos nos vamos acostumbrando a los colombianos; divertidos, alegres, habladores, educadísimos… y nos gustan, nos caen bien.
 
Pues ya estamos en Colombia, siguiente destino Popayán, la ciudad blanca.
 
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